jueves, 12 de febrero de 2009

EL FORASTERO

Hacía unos cuantos meses que aquel tipo había llegado al pueblo. No era un hombre especialmente guapo. Ya no era joven, decenas de finas lineas surcaban su cara. Era alto y muy delgado, vestía con austeridad y tenía un coche destartalado. Pero por alguna razón las mujeres enseguida empezaron a fijarse en él. Al principio unas cuantas vecinas de la misma calle donde él vivía empezaron a cuchichear en la panadería y en la peluquería y poco a poco el rumor se fue extendiendo por las calles y las plazas de todo el pueblo como un contagio. Si alguna mujer no se había fijado en el forastero bastaba con que otra le hablara de él y enseguida se despertaba la curiosidad de la vecina. Lo que al principio parecía la típica curiosidad que cualquier forastero despierta en un pueblo pequeño poco a poco se fue convirtiendo en autentico morbo . No había corrillo de mujeres en que no se fantaseara con ligarse al nuevo y sin ningún rubor cada una le contaba a las otras los mas ocultos deseos. Según fueron pasando los días todas las féminas del pueblo empezaron a hacerse las encontradizas. Salían a barrer la acera a la hora en que el hombre salía de casa y no con el delantal, como lo habían hacho toda la vida, sino con ajustados vaqueros cortas minifaldas. Si el forastero entraba a la fonda a tomarse un vino, tres o cuatro mujeres entraban detrás a comprar tabaco entre risitas. Si el hombre iba un rato a la biblioteca a mirar su correo, se llenaba la sala de tías cambiando algún libro. Ninguna le decía nada pero todas se lo comían con los ojos. Un día las mujeres empezaron a escribir cartas de amor y a pasarlas por debajo de la puerta de la casa del forastero, algunas eran cartas de una sola mujer, pero otras estaban escritas por tres o cuatro señoras en equipo. Le contaban sus anhelos mas íntimos y sus mas bajas pasiones.

El hombre, que por el día trataba de hacerse el despistado, por la noche empezó a responder a todas y cada una de las cartas. Se esmeraba mucho para estar a la altura de sus admiradoras y respondía a cada una con las palabras justas para hacerlas felices. Las cartas iban y venían por debajo de las puertas y cada vez eran mas y mas seguidas. Había mujeres que mandaban una carta de vez en cuando, pero otras eran de a carta diaria. Él nunca fallaba a nadie y a todas tenía contentas. Ellas leían en voz alta las cartas recibidas, y a veces incluso votaban a mano alzada para decidir que carta era la mas apasionada.

Así pasaron semanas, carta va carta viene. El forastero las tenía a todas en el bote, pero jamás se decantó por ninguna.

Mientras tanto, los hombres del pueblo se pasaban el día trabajando las tierras y por la noche cuando llegaban a casa encontraban a sus mujeres cada vez mas guapas y risueñas y con ganas de dar y recibir amor. Los hombres, sin saber muy bien porque, también estaban cada día mas felices.

Pero si había alguien feliz en el pueblo era, sin duda el forastero. Había logrado su propósito, y ya había empezado a recibir las felicitaciones de sus superiores. Había logrado que todo el pueblo recuperase la fe. Por fin había conseguido lo que ningún otro párroco había logrado en décadas. Cada domingo la iglesia del pueblo estaba llena hasta los topes.


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