Dicho y hecho. Se fue al almacén de materiales para la construcción y se compró todo lo necesario: ladrillos, mortero, cemento, tejas, arena y tubos de PVC para hacer unos buenos bajantes. Se puso manos a la obra enseguida y según iba trabajando se fue animando, pensó que ya que se ponía lo mejor era hacerlo bien. Además de una caseta para las herramientas, la construcción podría servir para ir a comer longaniza y beber vino los domingos, así que sin encomendarse a ningún santo, empezó ensanchar la hilera de ladrillos para que la caseta quedara mas amplia y poder comer dentro los días de mas fresco.
Todo un verano se pasó el buen hombre currando y según iba avanzando la obra mas contento se ponía. La verdad es que la caseta le había quedado tan bien que ahora que estaba terminada le daba pena meter las herramientas dentro y por eso pensó que lo mejor sería construir una caseta al lado, mas pequeñita para meter lo que podía quedar feo y ensuciar la caseta grande. De esta forma la familia podría disfrutar todo el año del campo, con una barbacoa y una mesita fuera para los días calurosos y un saloncito dentro por si caen cuatro gotas. Además siempre podía ir a dormir a la caseta si se discutía con la señora...
Cuando las dos casetas quedaron terminadas, el hombre compro carne e invitó a su familia y amigos a una buena longanizada. Todos le felicitaron por el buen trabajo y la comilona y el buen hombre se sintió orgulloso de si mismo.
Cada vez que subía a su campo de alfalfa y miraba sus casetas el señor sonreía y daba gracias a Dios por haberle dado fuerza, salud y duros para levantar su pequeño cortijo. Tan agradecido estaba que le empezó a rondar la idea de construir dentro de la caseta una pequeña capilla en honor al santo local. “Un altarcito donde poner la imagen y un par de cirios será la mejor forma de estar a bien con Dios” pensó el señor. Cuando llegó a casa le explicó las intenciones a su señora, pero ésta se negó en redondo a poner altar y un santo en el comedor de su caseta. Discutieron un buen rato, pero al final llegaron a una solución: Lo mejor sería construir otra caseta al lado de las dos anteriores, mas que nada para no mezclar las cosas de la devoción con las de la diversión.
Dicho y hecho de nuevo. Otra vez se lió el hombre con el cemento y la arena. Otro verano entero pasó trabajando de sol a sol y con buen animo. Sin planos ni arquitectos se hizo una ermita románica de nueva planta justo debajo de la torre de alta tensión y al lado de la carrasca.
La ermita también hizo las delicias de la familia y los amigos del buen hombre, así que de nuevo se sintió tan orgulloso que le dio gracias a Dios. Empezó a mover papeles para sacralizar su ermita y a los pocos meses el obispado contestó afirmativamente. Así que un bonito día de Corpus vino el obispo y roció con agua bendita a los presentes, al santo y a su nueva ermita. Se repartió vino y torta, se cantaron jotas y ese fue el día mas feliz en la vida del buen agricultor.
Aquí están las pruebas:
Ermita de San Fertús.... que repelús.

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